Podría haber elegido la física para comprender las leyes más básicas, pero la vida me llevó a estudiar Biología Humana.
Con el tiempo, algo dentro de mí empezó a resquebrajarse. Y fue justo entonces cuando comprendí que, para recomponer mis piezas, necesitaba aprender de la nutrición. Pero aprender de verdad: devorar la ciencia, ser crítica con todo lo que se me ponía por delante, no quedarme con la primera respuesta.
Me especialicé con un máster en Nutrición y Alimentación Humana y cursé el Grado en Nutrición Humana y Dietética para poder traducir esa ciencia en algo útil, humano y reparador. Y con el tiempo entendí que, por debajo de todo, lo que realmente sostiene todo es la fisiología.
Pero de donde más he aprendido es de mi propio y largo camino.
Aprendí que el lenguaje con el que me hablaba y las expectativas que cargaba sobre mi cuerpo eran clave para arrancar realmente el motor.
¿Cómo evolucionar si no confío en mi propio cuerpo y lo maldigo?
Por eso, hoy escucho, acompaño y empatizo profundamente con esas mujeres que, como yo en su momento, siguen intentando controlar lo incontrolable.
Ha sido, y sigue siendo, una vía para dialogar con mi cuerpo: reconectar con mi energía, mi ritmo, mi salud. Mi práctica, mi maestra, mi espejo.
Por eso me he formado también en rendimiento y fisiología femenina. Porque no somos hombres en pequeño. Nuestro cuerpo funciona distinto, tiene necesidades propias, y merece ser entendido como tal.
¿Mis pasiones? Correr por montaña, donde la naturaleza me calma como lo hacía de pequeña. Y correr en asfalto —mi favorito—, donde la conversación conmigo misma se vuelve más íntima, más directa.
No siempre hay que huir de la autoexigencia. A veces se trata de canalizarla con sentido.
Por eso me encanta superarme año tras año en media maratón y maratón.
Y si cae algún 10K de regalo, mejor que mejor.